La increíble historia de la falsa IA que engañó al mundo y estafó a Microsoft

Inteligencia artificial, manos humanas. Builder.ai prometía crear apps con IA en minutos, pero ocultaba cientos de programadores y cifras infladas. La caída dejó un agujero de USD 450 millones.

BAE Negocios

En una industria obsesionada con la inteligencia artificial, donde las promesas se cotizan más que los productos, el caso de Builder.ai se volvió paradigmático. La startup británica, fundada por Sachin Dev Duggal en 2016, sostenía que su asistente virtual “Natasha” podía desarrollar aplicaciones sin escribir una línea de código. Lo hacía, decía, con inteligencia artificial de última generación. La realidad era otra: detrás de la interfaz, cientos de programadores humanos resolvían manualmente cada pedido.

Builder.ai aseguraba que crear una app sería “tan fácil como pedir una pizza”. Bajo ese eslogan captó la atención de inversores como Microsoft, SoftBank, Insight Partners y el fondo soberano de Qatar. En total, recaudó casi USD 450 millones y alcanzó una valuación de USD 1.500 millones. Pero el 20 de mayo pasado, la compañía se declaró en bancarrota con deudas por USD 115 millones y más de 500 empleados despedidos.

Un cerebro de cartón

La idea de Natasha resultaba irresistible: un asistente virtual capaz de transformar una idea en una app funcional, sin programadores ni demoras. Pero según reveló una auditoría interna y múltiples ex empleados, “Natasha no era IA”. Cada pedido era derivado a más de 700 desarrolladores distribuidos entre India y Ucrania. Incluso tareas básicas como presupuestos o cronogramas eran realizadas por personas o software tradicional.

“Lo que vendían como automatización era una operación encubierta de outsourcing”, explicó un antiguo empleado citado por Bloomberg. Las tareas se asignaban en silencio mientras el cliente creía estar interactuando con un sistema inteligente. Una mecánica similar ya se había detectado en el caso de Nate, otra startup que tercerizaba desde Filipinas procesos que presentaba como automáticos.

Advertencias ignoradas

En 2019, el Wall Street Journal publicó una investigación que advertía que la plataforma dependía “más de personas que de algoritmos”. El exdirector Robert Holdheim denunció que la tecnología era “una ilusión” y fue despedido poco después. La empresa seguía creciendo mientras ignoraba el deterioro de sus finanzas y el caos técnico de fondo.

El desequilibrio explotó en 2024. La firma Viola Credit, acreedora de USD 50 millones, embargó fondos tras descubrir maniobras contables. Paralelamente, el gobierno de India congeló cuentas e inició una investigación por lavado de dinero. La auditoría reveló una red de contratos ficticios con la empresa india VerSe Innovations, que permitieron inflar ingresos hasta un 300%. Builder.ai declaraba ingresos por USD 220 millones anuales. Facturaba apenas USD 50.

La ingeniería de la mentira

Uno de los mecanismos más graves fue el round-tripping, una estrategia por la cual Builder.ai y VerSe se facturaban mutuamente montos similares sin prestar servicios. El objetivo era simular actividad comercial para seducir nuevos inversores. Deloitte identificó fallas graves en los controles internos de VerSe, aunque la empresa negó irregularidades.

Mientras tanto, el dinero se esfumaba. La empresa gastaba USD 500.000 por día y había acumulado deudas por USD 30 millones con Microsoft, USD 85 millones con AWS y otros USD 50 millones con prestamistas. Desde julio de 2023 hasta su colapso, operó sin Chief Financial Officer. Durante ese tiempo, siguió levantando capital sin supervisión financiera.

Sachin Dev Duggal renunció como CEO en febrero de 2025, aunque retuvo el cargo de “Chief Wizard” y su lugar en la junta. Su reemplazo, Manpreet Ratia, descubrió la magnitud del fraude y anunció la insolvencia en una reunión interna el 20 de mayo.

Víctimas del humo

El golpe alcanzó a grandes inversores, empresas clientes, empleados y hasta usuarios finales. Microsoft, que había integrado los servicios de Builder.ai en Teams y Azure, fue uno de los principales damnificados. Miles de proyectos quedaron inconclusos, con plataformas frágiles, sin soporte técnico y sin posibilidad de recuperar lo invertido.

La caída de Builder.ai también expuso un problema más amplio: el AI washing. El término define a las empresas que venden soluciones tradicionales como si fueran impulsadas por inteligencia artificial. En un contexto donde el marketing técnico reemplaza a la verificación, la startup británica logró engañar durante años a fondos de inversión, auditores y hasta a corporaciones globales.

El caso generó llamados a una regulación más estricta sobre las promesas de IA en materiales comerciales y presentaciones a inversores. Mientras tanto, expertos advierten que muchas otras startups podrían estar inflando sus capacidades reales para atraer capital en un mercado cada vez más saturado.

Builder.ai no dejó un legado de innovación, sino una advertencia: no toda inteligencia es artificial, y no todo lo que brilla en el mundo tech es tecnología.

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