Qué hay detrás de la promesa de adelgazar rápido con inyecciones
Crecen las ventas de medicamentos para adelgazar, pero médicos alertan sobre efectos graves y falta de estudios a largo plazo
Los medicamentos que prometen hacer bajar de peso sin esfuerzo arrasan en ventas, agotan el stock en farmacias y despiertan un debate sanitario global. Se trata de fármacos originalmente diseñados para tratar la diabetes tipo 2, cuyos principios activos —semaglutida y tirzepatida— hoy son recetados a personas con obesidad.
El fenómeno se disparó tras su uso por celebridades como Elon Musk, lo que provocó escasez en Estados Unidos y otros países. En Argentina, la ANMAT autorizó a Ozempic y Dutide para pacientes con diabetes tipo 2. Sin embargo, su uso para adelgazar crece sin control, y los expertos advierten: estos fármacos no son inocuos.
De tratamiento para diabéticos a moda para adelgazar
La semaglutida y la tirzepatida son análogos del GLP-1, una hormona intestinal que estimula la producción de insulina y controla el apetito. Al ralentizar la digestión y generar saciedad, estos medicamentos provocan una notable pérdida de peso. Se aplican una vez por semana mediante inyecciones y están aprobados por la FDA para tratar la obesidad, excepto Ozempic, que solo tiene aval como tratamiento para la diabetes.
Pese a su efectividad para reducir el peso corporal y el azúcar en sangre, médicos como la endocrinóloga Meera Shah y la psicóloga Laurie Keefer advierten sobre sus efectos secundarios: náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento, dolor abdominal, pancreatitis, cálculos en la vesícula e incluso riesgo de tumores de tiroides.
La doctora Keefer señaló que estos síntomas pueden generar ansiedad, aislamiento social y depresión, en lo que describió como un círculo vicioso entre el intestino y el cerebro. Shah, por su parte, explicó que al menos el 10% de los pacientes abandonan el tratamiento por la intensidad de los efectos adversos.
En algunos casos, médicos observaron desnutrición en pacientes que perdieron el apetito y no lograban cubrir sus necesidades nutricionales con la dieta. Esto desencadenó otra preocupación: el potencial desarrollo o agravamiento de trastornos alimentarios. “Los supresores del hambre pueden disparar conductas alimentarias problemáticas en personas vulnerables”, remarcaron especialistas en salud mental.
Un nuevo estudio publicado en Nature Medicine analizó los registros de más de 2,4 millones de pacientes diabéticos tratados entre 2017 y 2023. El trabajo reveló que los análogos de GLP-1 reducen algunos riesgos —como enfermedades cardiovasculares, Alzheimer, adicciones y ciertos trastornos mentales—, pero también aumentan la probabilidad de sufrir efectos adversos graves.
El epidemiólogo Ziyad Al-Aly, autor del estudio, advirtió que estos fármacos no están exentos de complicaciones: hipotensión, problemas del sueño, dolores articulares y gastrointestinales, insuficiencia renal y pancreatitis, entre otros. Aunque los efectos negativos son poco frecuentes, pueden ser severos y requieren vigilancia médica constante.
“Nuestros resultados muestran beneficios amplios, pero también riesgos importantes que deberían monitorizarse cuidadosamente”, explicó Al-Aly. Además, señaló que aún no es posible determinar qué dosis o perfiles de pacientes corren más riesgo.
Un tratamiento crónicoEn la Argentina, donde el 41% de los menores de 18 años tiene sobrepeso u obesidad, los expertos subrayan que el uso de estos fármacos no puede ser una solución a corto plazo. “La obesidad es una enfermedad crónica y necesita un tratamiento sostenido”, afirmó la doctora Ana Cappelletti, médica especialista en obesidad. “Usar estos medicamentos por poco tiempo es tan ineficaz como hacer una dieta exprés”.
La Organización Mundial de la Salud ya advirtió que la obesidad representa una pandemia global, con 2,8 millones de muertes anuales por enfermedades relacionadas. En Argentina, los índices proyectan un escenario alarmante hacia 2030.
La popularidad de estos fármacos abre un mercado multimillonario para los laboratorios, pero también una puerta a la automedicación, la falta de control clínico y la aparición de efectos colaterales serios. Mientras tanto, crecen las dudas sobre su uso fuera de los protocolos aprobados.