Reflejados en las redes sociales
La tecnología ha cambiado la forma de relacionarnos; debemos encontrar un equilibrio de su uso
"Estamos acostumbrados a un tiempo veloz, seguros de que las cosas no van a durar mucho, de que van a aparecer nuevas oportunidades devaluando las existentes. Y sucede en todos los aspectos de la vida". Zygmunt Bauman fue un sociólogo polaco que acuñó los conceptos de modernidad líquida, sociedad líquida o amor líquido para definir el actual momento de la historia en el que las realidades sólidas se han desvanecido, dando paso a un mundo más precario, provisional, ansioso de novedades y, con frecuencia, agotador.
En este ámbito, las redes sociales, a las que casi nadie puede resistir, aparecen como trampas contemporáneas centradas en nuestro miedo a la soledad y en la necesidad de ser feliz. Lamentablemente este bienestar de las redes está superficialmente maquillado. Crisis disimuladas, soledades disfrazadas de selfies, frases idealistas no internalizadas, imágenes distorsionadas de lo que en verdad somos. Nunca antes, en la historia, se había visto tanta comunicación sin fruto.
Se termina anulando el deseo del diálogo, de la mirada, del contacto físico y de cualquier tipo de responsabilidad comunicacional. Aprovechamos para no dar la cara por cada uno de nuestros actos. Hay intercambio de mensajes, pero no diálogo. Diferencias, pero no debate constructivo. En esta "cultura líquida" es más importante la precariedad de los vínculos humanos.
Sin embargo, todos somos muy conscientes de los grandes beneficios de las redes sociales. Con ellas el mundo se empequeñece y todo parece estar al alcance de nuestra mano. Aglutina conciencias y establece interconexiones entre personas donde la actitud, o los actos de un solo individuo, pueden llegar a influir a otros miles. La sociedad de hoy está interconectada. Es como un gran cerebro donde las nuevas tecnologías son extensiones de nosotros mismos.
Las redes sociales "inundan" el día de muchas personas. Pero se trata de establecer prioridades. Se trata de no "depender", de no llegar al extremo de pensar que si no publicamos algo dejamos de existir en la vida real. La gran mayoría sabemos quiénes son los pilares en nuestras vidas, quienes de verdad son significativos para nosotros. Esas personas que van más allá de las redes sociales (aunque también formen parte de ellas), y de las que disfrutamos con su cercanía, con el sonido de sus risas y la calidez de sus abrazos. Es que los afectos más importantes son los que se inscriben en los detalles cotidianos: la mirada inquisitiva que advierte nuestras tristezas, el susurro de una palabra de cariño cuando menos lo esperamos, el abrazo contenedor.
Nunca antes en la historia se había visto tanta comunicación sin fruto
Las redes sociales han cambiado la forma de relacionarnos y han llegado a influir, en algunos casos, en nuestro comportamiento. Los resultados obtenidos de muchos estudios han demostrado que un abuso de ellas contribuye por un lado, al aumento del estrés y la sensación de soledad y por otro, a la disminución del sentimiento de felicidad. Incluso lo relacionan con una baja autoestima causada por un vacío emparchado con "perfiles" y "estados", muchas veces falsos. Es que, a menudo, funcionan como un escaparate que favorece la creación de un personaje o de una auténtica máscara.
De todos modos las redes sociales no son malas ni peligrosas; es peligroso el uso que hacemos de ellas. No resultan demoniacas y no hace falta convertirse en un ermitaño virtual para conservar la cordura intacta. Como en la mayoría de situaciones de la vida, todo es bueno en su justa medida y de acuerdo a la importancia que le demos. Llegan a nuestros móviles, imágenes poco realistas de cómo deberíamos ser nosotros y cómo debería ser nuestro día a día. Nos insinúan un estilo de vida no fácilmente alcanzable. Y esto nos genera malestar. ¿Necesitamos la aprobación de gente que no vemos para sentir que nuestra vida es emocionante? ¿Necesitamos enmascarar inseguridades o superarlas buscando las palmaditas del grupo anónimo?
Exagerar un poco es un pequeño pecado que resulta difícil no cometer. Distinto es definirse a uno mismo en función de lo que a los demás les puede agradar. Urge el equilibrio.
En el jardín de un psiquiátrico conocí a un joven, allí internado. Me senté junto a él sobre el banco y le pregunté: "¿Por qué estás aquí?"
Me miró asombrado y respondió: "Es una pregunta inadecuada; sin embargo, contestaré. Mi padre quiso hacer de mí una reproducción de sí mismo; también mi tío. Mi madre deseaba que fuera la imagen de su ilustre padre. Mi hermana mostraba a su esposo navegante como el ejemplo perfecto a seguir. Mi hermano pensaba que debía ser como él, un excelente atleta. Y mis profesores, como el doctor de filosofía, el de música y el de lógica, ellos también fueron terminantes, y cada uno quiso que fuera el reflejo de sus propios rostros en un espejo. Por eso vine a este lugar. Lo encontré más sano. Al menos puedo ser yo mismo, sin vender ninguna imagen."
Enseguida se volvió hacia mí y dijo: "Pero dime, ¿te condujeron a este lugar la educación y el buen consejo?"
"No, soy un visitante", respondí. Y él añadió: "¡Tú eres uno de los que vive en el psiquiátrico pero del otro lado de la pared!"