El continente perdido o una Atlántida de Van Gogh

The immersive experience. Van Gogh en Nueva York. Anunciada para febrero en Buenos Aires.

abiglieri

Fuente de inspiración o nuevas formas de presentar clásicos con un derroche de recursos tecnológicos. Cualquiera que sea el formato en el que las queramos encasillar, las muestras inmersivas van ganando espacio en el mercado del arte, y se dedican a atraer un público ávido consumidor de plataformas y pantallas invitándolo a acercarse a las grandes obras de todos los tiempos, sin seguir la búsqueda del tesoro en la acumulación extrema de las guías de los Grandes Museos.

El Santander en Parque Lezama, jugó una fuerte apuesta con una muestra de este tipo de Marta Minujin. En la capital global de la economía mundial, se expuso al público una instalación de inspiración similar sobre la obra de Van Gogh que también recorre Europa.

La curaduría o la puesta en escena de estos verdaderos espectáculos, elevan a la condición de artistas a sus curadores, diseñadores y ejecutores, amén del respeto por el autor o la obra base utilizada.

La muestra neoyorquina


Tres impactantes espacios con una formidable métrica (cuadrada y cubícular) reciben a los visitantes que se enceguecen en una infinita colección de los típicos girasoles (mirasoles) hasta que una lluvia, creada para la imaginación, humedece y moja el campo y los bosques, y el trabajo obrero que se descubre en los contornos de los retratos y de algún óleo de un libro de óleos que adelanta el juego sinfín de los espejos plantados en los dos primeros espacios compuestos para recorrerlos antes de dejarse caer en el gran salón que permite sentarse en cualquier parte para ver en 360° el remate del relato visual y musical que propone esta obra, muestra, instalación o cura sobre el maestro del impresionismo.

El candil en la oscuridad profunda de la cena más austera, todo lo ilumina y la música sinfónica de fondo te transforma en erizo, hasta que todo lo inunda Piaff y te explotan los sentidos ya agobiados por toda la luz del sol. Un sol infinito derramado en parvas de trigo y heno , repetido en miniaturas florales, atrapado por campesinos armados de tridentes lejos de guerras de clases.

Todo se inunda y se sumerge. Las Iglesias son Catedrales de esta nueva Atlántida. Las mujeres, sirenas y los pájaros agitan sus alas como hipocampos horizontales para no dejar de volar ni morir ahogados en el mar seco en el que fuimos buceando. Las imágenes de interiores y pasadizos se ponen densos como inundadas. Y siempre destacan los cuadros colgados en los cuadros de Van Gogh, infinitos creados en épocas analógicas, puertas a otras dimensiones que son obras artesanales con efectos y destinos similares a los industriales espejos que se reflejan hasta otros espacios inaccesibles pero visibles para el engañado (y extasiado) ojo del visitante.

Como sostenía Bauman, estamos en tiempos líquidos. Esta muestra inmersiva es igual a bucear en un océano plagado de medusas que adoptan las formas más cotidianas de mesas, girasoles, camas, y de humanos; y de extensos campos de verdes y coloridas flores que se mueven como vegetación submarina en arrecifes de corales. Inmersión virtual. Conexión total.

Como en la última de Narnia, cada cuadro en otro cuadro, cada espejo asimétrico y enfrentado es una puerta a otra dimension que se abre y no se cierra hasta que, escondido y con ayuda del personal aparece en verde neón el infaltable art decó norteamericano que te indica Exit.

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