Adiós a Isabel Sarli, una criatura mitológica hecha completamente de cine
La actriz e ícono erótico falleció ayer a los 89 años y dejó una obra original y vibrante
A los 89 años, como consecuencia de las complicaciones derivadas de una fractura de cadera, falleció ayer por la mañana Isaberl Sarli, uno de los mayores mitos cinematográficos del cine de habla hispana. Figura clave del cine erótico, material de exportación argentino, víctima constante de la censura, banco infinito de anécdotas y persona de enorme lucidez y conocimiento cinematográfico, se va con ella una de las personas más importantes -por mucho- del cine nacional.
Nacida en Concordia, Entre Ríos, como Hilda Isabel Gorrindo Sarli, sabemos de ella varias cosas. Que fue Miss Argentina en 1955, que llegó a finalista de Miss Universo, que debutó en el cine en 1956 con El trueno entre las hojas, adaptación de un relato del paraguayo Arturo Roa Bastos. Esa película marcó también el comienzo de su larga relación con Armando Bó. Fueron no solo director y musa, sino también pareja. Pero Bó permaneció casado con su primera mujer; jamás se divorció. No tuvieron hijos: la Coca adoptó a su hija Isabelita.
Isabel Sarli no solo era la persona que aparecía como repetida mujer abusada, maltratada o pervertida por los hombres en relatos que, de modo creciente y en especial en los sesenta y setenta, se convirtieron en clásicos del sexploitation, filmes donde las relaciones sexuales y la exhibición generosa del cuerpo de la Coca eran parte indisoluble de la trama. Era también coproductora y quien tenía en la cabeza cuánto dinero se gastaba. Producían ellos mismos, perseguidos por la censura y la pacatería argentina, despreciados constantemente por una crítica en este caso servil a la moralina de quienes decidían qué se podía ver y qué no.
No sólo tuvo que luchar contra la censura sino también contra una crítica servil a la moralina
Pero es lo de menos: las películas existen. Bó usaba el melodrama popular, el policial, el terror (Embrujada), la comedia satírica (La mujer del intendente), la fantasía absoluta (ver la increíble India, un relato de aventuras que narra la misma historia que Avatar pero entre nativos de la selva paraguaya). No siempre la Coca era la mujer abusada (como en esa joya del melo desesperado que es Carne, mucho más que un filme para burlarse de una línea de diálogo); a veces era la que no podía apartarse de las pasiones (Fuego), la que buscaba la fortuna con el sexo (El último amor en Tierra del Fuego), Bó creía -y la Coca, también- que el cine era un gran arte para el gran público. El erotismo -hoy quizás demodé, audaz hasta el extremo entonces- era siempre una metáfora de que, dentro de cada persona, latía constante algo que no podía ser domado. Bó lo entendía. Nunca "filmó mal": creía que el relato y el personaje podían sobreponerse a las restricciones causadas por presupuestos mínimos. Aún así, nunca ahorraron en la búsqueda de impacto.
Nadie dice, además, que la Coca entendía perfectamente de qué iba el asunto, quizás no al comienzo pero sí después. Entendía que el sexo era un arma y una manera de comunicarse. Pero era, también, una buena comediante, alguien que entendía las partes ridículas de las historias y le daba la intención correspondiente. La troupe Sarli-Bó jamás engañó a su público.
Su último filme fue La dama regresa, homenaje kitsch y querible dirigido por Jorge Polaco. Luego tuvo apariciones en TV (en la tira Floricienta, 2006) y sus últimos momentos en público fueron junto al gran rescatista del cine "despreciado", el realizador estadounidense John Waters, que compartió con ella el Bafici 2017 y la señaló como una de sus grandes inspiradoras. Nadie que entienda de cine podría negarlo.