Gratitud desde la memoria
Dar gracias estimula la paz del corazón y la serenidad.
Algunos estudiosos del sistema nervioso central lograron demostrar que una actitud de agradecimiento, generosidad y bondad sincera genera serotonina, un neurotransmisor que actúa sobre la inhibición de la ira, la agresión, la temperatura corporal, el humor, el sueño, la sexualidad y el apetito. La serotonina es el mejor fármaco existente ante situaciones de estrés, ansiedad, o depresión. Las personas que viven agradecidas encuentran felicidad, dicha y abundancia, además de generar más situaciones por las cuales estar agradecido. Sin embargo, en la lista de las emociones básicas no se encuentra la gratitud. Todo lo contrario: la psicología dice que, para experimentarla, se requiere una serie de procesos complejos en la mente.
Resulta extraño, pero parecería ser una virtud reservada solo para los espíritus más elevados y las inteligencias mejor desarrolladas. A diferencia de otros sentimientos, la gratitud no aparece simplemente como un impulso sino que se trabaja. Exige contar previamente con un sistema de valores éticos y una visión altruista de la vida.
Puede definirse como un sentimiento de aprecio y valoración por las acciones que otros hacen a favor nuestro. Implica una suerte de deuda moral con quien nos hace bien. Sentimiento sutil y sofisticado, casi un arte. La gratitud germina sobre la convicción de que los humanos somos seres incompletos y nos necesitamos mutuamente. Es el producto de haber desarrollado una ética de cooperación en lugar de una actitud de competencia o de confrontación. Las personas que no son capaces de experimentar gratitud tienen un elevado narcisismo. No solamente tienen problemas de memoria sino que también dan por sentado que merecen toda la ayuda que reciben. De hecho, muchos se atribuyen por los beneficios que obtienen y omiten por completo lo que los demás aportaron para poder lograrlos. Lo que somos y tenemos no lo adquirimos por nuestras solas fuerzas: a lo largo de nuestra vida han intervenido muchas personas, por lo que es importante que desde lo más profundo de nuestro ser surja una actitud que exprese un reconocimiento de esa participación.
No hay nada más noble que saber decir "gracias" porque esto nos invita a salir de nosotros y a darnos cuenta que en este mundo no existimos solos y que solos no podemos hacer las cosas. Nos resulta complicado aceptar que alguien nos ayudó o tuvo que ver con nuestro éxito. Subidos al falso pedestal del ego, nos estamos olvidando de agradecer porque nos estamos olvidando que hay que vivir "en equipo", como un solo cuerpo.
No perder la capacidad de asombro y de gratitud. Dar gracias hace crecer la paz del corazón y la serenidad. "Namasté" es mucho más que una palabra originaria de esa lengua bella y ancestral que es el sánscrito. Por sí misma encierra una serie de conceptos que la han hecho universal y, a su vez, atravesar fronteras. Va más allá de ese saludo habitual en la práctica del yoga. Este término encierra en sus antiguas raíces una esencia que debería bombear cada día en el corazón de la humanidad.
Practicar el sentido de la gratitud desde la perspectiva más noble de la humildad, reconocer a los demás del mismo modo que nos reconocemos a nosotros mismos. Esto es lo que se hunde verdaderamente en la palabra namasté: me inclino hasta ti y te reconozco. En realidad, cabe destacar que no se trata de una palabra única sino que es resultado de dos términos: "namas", que podríamos traducir como "saludo" o "reverencia" y que tiene su raíz en "nam", que significa "postrarse" o "inclinarse", y "te", que vendría a ser un pronombre personal para configurar la expresión "me inclino o me postro ante ti". De este modo, al pronunciar la palabra le damos las gracias a la otra persona y la reconocemos por el acto que haya hecho. No obstante, al darle las gracias a la otra persona también me reconozco a mi mismo, porque ambos hemos creado una unión mutua.
Recordemos a Charles Plumb, sobreviviente de un combate aéreo en Vietnam: "Fue atacado y su avión cayó, pero sobrevivió porque logró eyectar su asiento y caer a salvo gracias a su paracaídas. Salió libre después de seis años de prisión de guerra. Cuenta que un día lo saludó un hombre con un afectuoso abrazo. Él no lo conocía o no lo recordaba. El hombre le dijo que había sido uno de sus soldados y que vivía feliz de saber que pudo sobrevivir. Soy el soldado que, entre sus funciones, debía asegurar que todo en su cabina funcione y doblar su paracaídas para cuando lo necesite. ¡Vivo feliz de saber que funcionó bien!, dijo el hombre. En ese instante, Plumb aprendió que muchas personas estaban en su vida apoyándolo sin que se percatara de ello y lo que es peor... sin agradecer esa presencia y esas acciones.
La gratitud es la memoria del corazón". ¿Nos acordaremos todavía de quién dobló nuestro paracaídas la última vez?