Dos décadas atrás, dos décadas adelante

Se espera que en tecnología tengamos más de lo mismo, pero de mejor calidad

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Dos décadas enteras. En dos décadas enteras, el mundo es otro, completamente. No por los vaivenes políticos, por el surgimiento de China como potencia económica, por las consecuencias del 11/S, por el diletante Brexit o por la pendular política latinoamericana. El mundo es otro por el crecimiento del universo digital. El término “universo” es, creo, el más adecuado en este sentido: lo que está en crisis es el estatuto de lo real porque gran parte de nuestro tiempo se pasa en la dimensión virtual. Mantenemos conversaciones eternas con gente a la que nunca vimos ni veremos; disolvimos para siempre la dependencia del televisor y sus grillas y bloques para acercarnos al audiovisual; contamos con música, libros, películas y series a la velocidad del capricho; pasamos horas jugando a ser asesinos, buscadores de pokemones o lo que fuere; incluso podemos crear y difundir con costo mínimo nuestros propios contenidos. La masa de entretenimientos es enorme y se superpone -y derrota- a las actividades cotidianas. La revolución digital -lo dirá un historiador cuando sea el momento- es la más importante de la historia desde la aparición de la maquinaria agrícola.

Dado esto, ¿qué se puede esperar para los próximos veinte años? Hacer futurología cuando la velocidad del cambio es mucho mayor que hace cien años (y ya era alta) es imposible, pero hay indicios. Por ejemplo, que en los Estados Unidos, que es el corazón del universo digital, lo que mandan son las mega fusiones donde empresas de tecnología y comunicaciones compran empresas de medios y contenidos. Esos matrimonios, cada vez más monstruosos, están dejando sin alternativas a los innovadores. Por lo tanto, cabe esperar que en la próxima década tengamos más de lo mismo pero en mejor calidad, y que lo nuevo en todo sentido aparezca cada vez a menor ritmo. Cabe esperar, también, que el cine quede exclusivamente como una alternativa para el gran espectáculo, y que el resto del relato audiovisual pase por el SVOD, que hoy tiene una fi rma referente de bolsillos insondables (Netflix) pero, desde 2019, será parte de una competencia feroz, en principio con la poderosa Disney, también rica en recursos. Esa competencia entre titanes dejará también un equilibrio pero, en todo caso, hará que el audiovisual no espectacular ni inmersivo sea exclusivo para el hogar, mientras las tecnologías de reproducción y sonido se vuelven cada vez más cercanas a la (vieja) experiencia del cine. La música, queda claro, ya es casi enteramente musical, y ese negocio también esta acercándose a un status quo. En todos los casos, el problema son los derechos de propiedad intelectual y difusión. Ahí está el negocio y quien más licencias tenga, más poder ganará.

La Argentina se encuentra lejos de este paisaje por múltiples razones. Lo más probable es que el negocio de la exhibición en cine ya no crezca y comience a retraerse, que sea necesario regular de algún modo los SVOD para que no destrocen el mercado con al falta de competencia, y que la TV de aire termine de disolverse (la tendencia es clara, la tendencia es irreversible en tanto las nuevas generaciones ni se acercan a ella). La encrucijada para la producción nacional -y pasa aquí como en cualquier otro país- es adaptarse a nuevos modos de producción o morir. Por suerte hay indicios: lo que hace Underground con Netflix, por ejemplo, o la difusión de series completas por encima de la emisión periódica en TV abierta gracias a sistemas como el Flow de Cablevisión son pasos hacia una supervivencia que puede ser mucho más que eso. Pero somos periféricos: la concentración también nos afectará, aunque estemos demasiado lejos -en recursos y geográficamente- para revertirla. El usuario -ya no espectador; activo y no pasivo- es la nueva estrella de un negocio que seguirá siendo (cada vez más) transnacional. El futuro llegó hace rato.

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