El valor del marco cognitivo: ¿en qué piensa la banda del verano?
Fueron jornadas de confusión climatológica. Cansados de buscar sombra, quedan algunas conclusiones de la semana más bochornosa de los últimos años, ahora que llegó la brisa. Con 40 grados, el debate es inevitable: ¿qué le pasó a la gestión del verano? ¿Quién se hace cargo de esas horas demoledoras? ¿Cómo se recupera la fe de los que fueron a buscar pileta y se trajeron lava? Nada mejor que el fracaso ajeno para reverdecer laureles: los del invierno sacaron pecho, con el auxilio de una sociedad cansada y de los medios que, como recordamos, si te repiten diez veces que hoy va a estar insoportable, te hacen vivir diez días de calor en uno. Así, entre los veranistas confundidos, aguantando trapos ni siquiera húmedos, y los invernistas ensoberbecidos, haciendo leña del árbol caído, y quemado, tuvimos nuestra crisis de enero. La discusión entre bandas, y la imposibilidad de síntesis, cansa más que el sonido del Liliana, desmalezando los 34 grados de la madrugada.
La grieta entre los partidarios del verano y del invierno se apodera del público cuando la tensión de las circunstancias pone en juego sus creencias. Nunca es durante esos ensayos de felicidad que representan la primavera o la petite morte del otoño. Cuando los cuarenta amenazan toda forma de existencia conocida, o un menos cinco ventoso te hace replantear la vida, los bandos tiran argumentos ante un auditorio obligado, y decidido, a tomar partido. Si el clima apremia, no quedan tibios. Se juega a fondo. Las bandas cierran filas para adentro, preocupadas por fidelizar propios, en circunstancias adversas. Los jefes ordenan la tropa, impidiendo la duda con un “Si no te gusta el calor, te gusta el frío” o el amenazante “Peor es congelarte”, para terminar en un tozudo “¿Me vas a decir que notas la diferencia entre 34 y 41?”. El ingenio de los fanáticos para sostenerse en sus trece y condicionar a los propios, es directamente proporcional a la capacidad de espantar ajenos y curiosos.
Ni nórdico ni del CaribeEl Framing es una derivación comunicacional de una teoría psicoanalítica. Analiza cómo organizamos la información, de acuerdo a la forma en que nos es presentada. El lenguaje, las metáforas utilizadas y la capacidad de invocar una idea con una referencia de pocas palabras, nos ubican en un sesgo cognitivo en el que los valores expuestos en la narración enmarcan la manera en la que nos ubicamos frente a un hecho.
No es lo mismo si la mención del calor apela a la bendición de andar descalzo por voluntad propia y a fotos costeras, que si viene precedida por “agobiante”, remite al cambio climático y trae una placa de alerta roja que promueve el insomnio. Enfrente, si al invierno se lo presenta como “acogedor” y con la imagen de una taza humeante y calor de hogar, es diferente a si llega con el recuerdo de los cero grados esculpiéndote la cara, ante la dureza de empezar y terminar la jornada laboral de noche. Tu experiencia es la que define, pero el sentido se negocia con los filtros que te permiten el acceso a la información. La forma en la que un problema te es presentado, condiciona tu forma de vincularte con él.
George Lakoff, en su obra “No pienses en un elefante” (¿por qué estás pensando, si te acabo de decir que no?), explica que la comprensión, y posterior acción, se reduce a dos grandes marcos: padre estricto y padre protector. En el primero, la referencia metafórica ubica a los republicanos en particular y al conservadurismo en general. Los valores se relacionan con los buenos y los malos, la disciplina orienta las oportunidades y el mundo lo habitan ganadores y perdedores. El segundo modelo, demócrata y liberal, (recordemos que el liberal conservador, como la birome, es invento argentino), promueve valores relacionados con la responsabilidad, la igualdad y la garantía del bienestar con independencia de origen. Lo llamativo de estos marcos es que, aunque solo representan en estado puro a una porción del electorado, condicionan la discusión del conjunto.
La mayor parte de la sociedad se ubica en el centro. Son sujetos que reconocen, en sí mismos, premisas de los dos modelos. Ponderan momentos del invierno y del verano. Eligen las bondades de cenar al aire libre y también las de reconfortarse en un guiso sin mañana. Pueden cambiar su preferencia sin modificar su historia. Están en el centro: no son neutrales. La combinación de perspectivas, en tiempo pasado, circunstancias, en presente, y expectativas, en futuro, los inclinan por un marco sin más compromiso que la elección que están realizando. La esperanza que te representa el invierno imaginado se inscribe en el fastidio que te causa este enero, real y asfixiante. El lenguaje es decisivo, si la idea de calor es precedida por ola y golpe, ayuda a enmarcar tu malestar. Apropiarse de la terminología del adversario, permite hablarle al centro. Si vos defendés a esta impiedad térmica, llamándola verano, estás dejando que la idea de bienestar se la queden los invernistas. La perspectiva ajusta la expectativa.
La proliferación de los marcos, y su orientación de la discusión pública, se da en un doble juego de idealización y estigma. La minoría que exalta de forma absoluta las bondades del invierno, lo hace en nombre de una saudade (la añoranza de algo que jamás sucedió). Reivindica las postales de Noruega, las bondades de los Pirineos y los malvaviscos asados mientras cae la nieve. La otra minoría pura, sueña con sostener un coco, al lado de esos mares en los que se te ve el color de las uñas. Los dos grupos lo hacen sin cruzar el Río de la Plata. En el camino, unos y otros atacan explicando que el calor es sinónimo de subdesarrollo o que el frío representa a las sociedades que tienen su alma helada. En el medio, nosotros, los mixtos, escuchando la discusión entre autopercibidos nórdicos y aspiracionales caribeños. Disputa, que en términos aritméticos se reduce a un 40% de la población, pero que culturalmente involucra a todos.
Condenar al calor para salvar el veranoLos límites de un modelo están dados por lo que incluye y por lo que excluye. Los malestares de una mala gestión condicionan la defensa de sus valores. A los invernistas les está alcanzando con un “Te podés abrigar hasta dejar de sentir frío, en cambio ahora, cuando no podés más, ¿que te sacás?”. Esta temperatura es imposible. Cuantas más piruetas hagas para sostenerla, más ridículo sonás. Si el verano tiene una ventaja, es esa posibilidad de vivir liviano, tan parecida a la libertad. Cuando suena dogmático, pierde sentido. Si para transitarlo necesitás más fe y precauciones que para vivir en invierno, la otra banda ya se apropió de tu marco y naturalizó la más cruel de las premisas meritocráticas: suponer que todos nacemos con un gamulán a mano.
Las mayorías cambian, deciden de acuerdo a identificaciones que se vuelven intereses, se sienten seducidas por lo que consideran necesario. Si están con los pies en el agua, esperando al churrero, es probable que el verano les sirva. Si se achicharran, van a empezar a pintar cartulinas con muñecos de nieve. Acusar a la gente de hacerle el juego al invierno, por no estar dispuestos a salir en defensa de este desierto, agobia más que los cuarenta. Mientras los invernistas insisten en la irresponsabilidad de los del centro, al grito de “no te bancaste tres grados, y nos echaste: acá tenés el calor que querías, ahora jodete”, los veranistas piden discutir los efectos de la temperatura para adentro, sin ceder un centímetro hacia el público. Mientras tanto, ven partir a simpatizantes agobiados, que se van despacito a hibernar, no muy convencidos, aunque sus recuerdos felices estén todos hechos de cervecita en el patio. Para poder seguir bancando a enero, tenemos que reconocer que los efectos de una temperatura así, son indefendibles. Sintonizar fino es, también, condenar este calor, para salvar al verano.